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Con apariencia de eternidad, la luz recorre nuestras estancias. Baña lentamente nuestras arquitecturas, recordándonos el paso del tiempo. Su transcurrir constante no deja de ser una metáfora de nuestra condición mortal, de la fugacidad de la vida.
Hoy, hasta la luz es ya una simulación virtual. Algoritmos, animaciones e imágenes 3D no cesan de recordarnos lo que un día fue real.
Con este gesto, el acento recae en el carácter artificioso hacia el que se dirige nuestra existencia. Ya nada es real, natural. Todo es un simulacro.